Tiempos difíciles corren para la educación, algo tan importante y tan frágil donde entran los más pequeños y no tan pequeños, donde la implicación por parte de los profesores y por parte de los niños es imprescindible para una buena enseñanza.
Ambos deben estar dispuestos a colaborar, el uno escuchando y el otro sabiendo explicar, teniendo la paciencia necesaria para rebatir los temas, o para contar de nuevo aquello que no se entienda.
Mucho tacto hay que tener en estos tiempos en los que apenas se ha mirado por los más frágiles, los más sensatos, los más humanos.
Por ellos, debemos estar despiertos, debemos enseñarlos y como decía mi profesora: "Despacito y buena letra, que hacer las cosas bien importa más que hacerlas".
Los niños son como esponjas y absorben todo lo que aprenden, de manera que hay que tener mucho cuidado de no dañar lo más sagrado que es su memoria.
Saber que lo que aprendan lo pondrán en práctica con los años y les servirá de aprendizaje con el paso del tiempo, por eso no podemos dejar pasar el tiempo sin saber que cualquier cosas por mínima que sea, será recuerdo nada olvidado en sus cabezas.
La ingenuidad de su edad y el entorno con quienes se encuentran es muy importante para los primeros años de sus vidas y ni el tiempo ni las ideologías harán que cambien las cosas, la educación siempre será educación y corre de nuestra cuenta para futuras personas de provecho.